Uno de los mejores homenajes que se pueda rendir a un escritor es la lectura de su obra. Por eso, en este artículo que pretende ser una pequeña contribución a la memoria del poeta Rafael Alberti de cuyo nacimiento se cumplen 100 años, vamos a realizar una relectura atenta de uno de sus poemas mas significativos, el titulado "Nocturno" de su obra De un momento a otro (1937).
Históricamente, la literatura de vanguardia es la que corresponde a la posguerra que siguió a 1918, aunque algún movimiento, como el futurismo o el cubismo sea, sea inmediatamente anterior. Durante unos diez años, el viejo continente disfruta, como suele ocurrir tras los grandes conflictos bélicos, una visible prosperidad y reina el optimismo. Se siente el deseo de olvidar los horrores pasados y se practica una literatura de “evasión”. Estamos en el momento de lo que Ortega llamó la “deshumanización del arte”. El clima es semejante en España, que había permanecido neutral en la contienda europea.
Esta situación dura, aproximadamente, hasta 1930: la depresión económica de Occidente coincide con una honda crisis espiritual en la que naufragan el optimismo y los ideales que habían nutrido a la década anterior. La crisis afecta también a España, país cuya secular descomposición política no favorecía precisamente alegres evasiones. No es que haya división tajante; pero, a partir de la citada fecha, la poesía, manteniendo algunas adquisiciones de los “años veinte”, perderá extremosidad y, a la vez, tomará otra trayectoria.
Tras la guerra civil, en la que Rafael Alberti interviene activamente en el bando republicano, comienza un largo periodo de exilio para el poeta, en el que no deja de escribir (poesía, teatro y prosa). Nuevos temas se incorporan ahora a su obra, especialmente los relacionados con su condición de desterrado: añoranza de su tierra, incorporación a un nuevo entorno social y geográfico, etc. Es en este contexto en el que debemos leer el poema “Nocturno” a través del cual podemos percibir el estado de ánimo del poeta ante los acontecimientos sociales y políticos, y que –básicamente- es una mezcla de indignación e impotencia.
NOCTURNO
Cuando tanto se sufre sin sueño y por la sangre
se escucha que transita solamente la rabia,
que en los tuétanos tiembla despabilado el odio
y en las médulas arde continua la venganza,
las palabras entonces no sirven: son palabras
Balas. Balas.
Manifiestos, artículos comentarios, discursos,
humaredas perdidas, neblinas estampadas,
¡qué dolor de papales que ha de barrer el viento,
qué tristeza de tinta que ha de borrar el agua
Balas. Balas.
Ahora sufro lo pobre, lo mezquino, lo triste,
lo desgraciado y muerto que tiene una garganta
cuando desde el abismo de su idioma quisiera
gritar lo que no puede por imposible, y calla.
Balas. Balas.
Siento esta noche heridas de muerte las palabras.
(De un momento a otro, 1937)
Comentario del poema (1)
Como reminiscencia de los antiguos estribillos que jalonaban las composiciones de corte tradicional queda aquí la escueta y dramática mención reiterada de un sustantivo –balas- cuyas inequívocas connotaciones desembocan en el sintagma “heridas de muerte” que aparece en el verso final y que, por su posición y por su situación aislada del resto de la composición, se convertirá en una especie de resumen en el que confluyen las nociones que han ido desarrollándose a lo largo del poema.
El tema es muy simple: en un entorno de muerte y destrucción, cuya continua presencia está expresada por la repetición del estribillo, el sujeto siente que su única arma –la palabra- es insuficiente y no sirve para nada. Se produce , así, un desajuste entre los deseos y la realidad que es uno de los impulsos característicos de la poesía lírica. De hecho, todo el planteamiento del poema arranca de raíces subjetivas, sólo parcialmente encubiertas “Cuando tanto se sufre sin sueño...”, primer enunciado, utiliza la forma impersonal se sufre – luego se escucha- , pero la presencia de un cuantificador como tanto, que supone un punto de vista y una valoración, delata cuál es el sujeto mediador.
En este sentido hay una progresión, un paulatino descubrimiento del yo desde las formas impersonales del primer grupo estrófico hasta la reiteración de las formas exclamativas del segundo. El sujeto, que comienza con un tono impersonal, acaba por descubrir que habla de sí mismo, y hasta el verbo "sufrir" del primer grupo estrófico se repite, muy significativamente, en el último.
Si nos fijamos en la primera secuencia, nos daremos cuenta de que se organiza a base de tiempos verbales en presente; se trata, en realidad, del llamado presente habitual, que ayuda a configurar la expresión de experiencias reiteradas. El sufrimiento de que se habla no es, pues, momentáneo y pasajero, sino repetido. Los utensilios lingüísticos se manejan con sutileza; así, tanto significa al mismo tiempo "magnitud" y "frecuencia": "cuando el sufrimiento es tan grande" y "cuando se sufre tantas veces".
También hemos de tener en cuenta que “se sufre sin sueño” es también expresión dilógica: “se sufre realmente” y “se sufre sin descanso” (merced a la equivalencia sueño=descanso). La imagen siguiente, muy elemental, supone que la sangre se ha cargado de rabia. Si la sangre es vida, esta se ha convertido en rabia, en ira; es “mala sangre”, con todo lo que este giro significa en español. La rabia es de tal intensidad que “se escucha” cuando circula por las venas. (Puesto que la imagen ha sustituido la sangre por la rabia, el desplazamiento léxico provoca otro en la norma: el verbo “circular”, de uso habitual en estos casos, se sustituye por transitar, más neutro y menos especializado).
La transformación imaginativa de la sangre en rabia ha producido un reajuste en el uso léxico. La reiteración del fonema /s/ en estos versos constituye un mecanismo de repetición, y está en consonancia, por tanto, con los presentes habituales y la acepción "tantas veces" de tanto. Pero, además, sugiere el efecto imitativo del imaginario sonido de la rabia circulando por las venas.
Nos encontramos con una disposición paralela que permite, además, percibir la organización progresiva de los elementos. De la sangre se pasa a los tuétanos y luego a las medulas, en un proceso de interiorización; el simple movimiento - transita- da paso a un movimiento agitado –tiembla- y a otro más íntimo y febril: arde. Parecida intensificación se aprecia en los sujetos: la rabia, el odio, la venganza. En este contexto “irracional”
El estado de ánimo descrito se basa, pues, en la enumeración de fuerzas instintivas, primarias, ajenas al control de la razón: la rabia, el odio, la venganza. En este contexto "irracional" tiene sentido la conclusión "las palabras no sirven", porque las palabras constituyen el símbolo de lo racional, de lo sometido al orden, y la evocación de este "Nocturno" se centra en un tiempo de desorden y de irracionalidad. El enunciado es, por su misma simplicidad, de gran eficacia. El sujeto lírico, abrumado por la convicción de su total inutilidad, apenas hace explícito su razonamiento.
La sintaxis es deliberadamente elemental, con la pausa después de "no sirven" en lugar de una conjunción causal, o con la omisión de un previsible adverbio "solo" en el segmento último. La actitud desesperanzada reduce la sintaxis, la deja como entrecortada, sin apenas articulación.
Por otro lado, la brevedad del último segmento, limitado entre dos pausas, se atenúa gracias al estribillo que aparece a continuación y que, por su composición fonológica, suena como un eco (palabras-balas). El eco prolonga y repite. Aquí, la repetición transcribe una proposición más compleja, que puede leerse así: las palabras se convierten en balas. Aquellos "manifiestos, artículos, comentarios, discursos" han tenido una desembocadura dramática. A las palabras les responden las balas, y esto hace el diálogo imposible.
El poema Nocturno es, en definitiva, un magnífico ejemplo de cómo la literatura comprometida puede alcanzar las más altas cotas estéticas y de validez artística.
(1) El comentario está estructurado atendiendo al acertado trabajo de Ricardo Senabre incluido en la antología Poetas del 27 (La Generación y su entorno. Antología comentada) . Introducción de Víctor García de la Concha. Madrid, Editorial Espasa Calpe, 1998. (pp. 329-375)